|
Efectos
beneficiosos del ejercicio.
El ejercicio físico realizado regularmente
conduce a una serie de cambios en el organismo que son beneficiosos
para mejorar la capacidad física, la calidad de vida y la
supervivencia de las personas. Está demostrado que el sedentarismo
es un factor de riesgo de desarrollo de enfermedad cardiovascular.
Los efectos del entrenamiento físico sobre el organismo son
los siguientes:
1. Aumento de rendimiento cardiaco,
favoreciendo tanto la función sistólica como diastólica
del corazón.
2. Disminución de la frecuencia cardiaca
en reposo y en el esfuerzo máximo.
3. Mejora de la circulación coronaria,
lo que disminuye la isquemia miocárdica y la probabilidad
de complicaciones derivadas de la misma.
4. Regulación del equilibrio de los
sistemas nervioso y hormonal que actúan sobre el corazón
y los vasos sanguíneos.
5. Aumento del flujo sanguíneo periférico.
6. Reducción de la resistencia arterial
periférica, lo que facilita el trabajo del corazón.
7. Aumento en la extracción y utilización
del oxígeno a nivel muscular durante el ejercicio.
8. Mejora del metabolismo aerobio muscular.
9. Mejora del metabolismo de la glucosa,
lo que ayuda al control de la diabetes.
10. Incremento del tamaño de las fibras
del músculo esquelético y del número de los vasos que las
irrigan.
11. Disminución del colesterol LDL
y aumento del HDL.
12. Pérdida de peso corporal y prevención
de la obesidad.
13. Reducción de la presión arterial,
lo que contribuye al control de la hipertensión.
14. Aumento de la sensación de bienestar,
disminución de la ansiedad y depresión y reducción del nivel
de estrés.
Los cambios cardiovasculares producidos
por el ejercicio físico conducen a un aumento en la capacidad
funcional del individuo, tanto en personas sanas como en enfermos
del corazón. El ejercicio físico practicado regularmente previene
la aparición de la arteriosclerosis. En pacientes con enfermedad
cardiovascular, el entrenamiento físico mejora la capacidad
de esfuerzo y aumenta la sensación de bienestar, con lo que
se produce una mejoría en la calidad de vida. En estos pacientes,
diversos estudios han demostrado que el entrenamiento físico
prolonga la supervivencia.
Tipos de ejercicio físico.
El ejercicio físico puede dividirse en
dos grandes tipos: el dinámico (aeróbico o isotónico) y el
estático (anaeróbico o isométrico). El ejercicio dinámico
es aquel en el que hay un gran movimiento muscular y articular,
con escaso aumento del tono muscular. Son ejemplos de ejercicio
dinámico el caminar, correr, nadar, remar, etc. El ejercicio
estático es aquel en el que hay escaso movimiento muscular
y articular, con importante aumento del tono muscular. El
ejemplo típico de ejercicio estático es el levantamiento de
pesas. En la mayoría de los deportes se mezclan ambos tipos
de ejercicio en diferente proporción según los casos. Estos
dos tipos de ejercicio pueden producir cambios beneficiosos
en el organismo. Sin embargo, durante la realización del ejercicio
estático se suele producir un aumento de las resistencias
arteriales periféricas y de la tensión arterial, lo cual no
es aconsejable en pacientes con enfermedades cardiacas. Por
ello, aunque en las personas sanas puede recomendarse cualquiera
de estas dos formas de ejercicio, en los pacientes con cardiopatía,
hipertensión arterial o cualquier patología relacionada se
aconseja el ejercicio dinámico.
Riesgos del ejercicio físico.
Independientemente de los riesgos propios
de cada deporte (sobre todo los relacionados con los traumatismos),
la práctica de ejercicio físico puede tener riesgos si no
se realiza de forma programada y regular. Los cambios agudos
que produce el ejercicio sobre el organismo pueden volverse
negativos si el deporte no se practica con las debidas precauciones.
Esto es sobre todo cierto en pacientes con alguna forma de
enfermedad cardiovascular.
El ejercicio físico realizado de forma
brusca, sin calentamiento previo, puede dar lugar a cambios
en el tono vasomotor, la tensión arterial y la frecuencia
cardiaca, lo que puede producir arritmias, mareos e, incluso,
pérdida de conocimiento. En pacientes con enfermedad coronaria,
los ejercicios bruscos pueden producir isquemia miocárdica,
lo que da lugar a angina o infarto de miocardio. En cualquier
paciente cardiópata, el esfuerzo brusco puede conducir a la
aparición de arritmias ventriculares malignas, las cuales
pueden llevar a la muerte. Por ello, el ejercicio físico debe
siempre iniciarse de forma lenta y progresiva, pasando primero
por una fase de calentamiento.
También es peligrosa la realización de
ejercicio físico intenso, muy prolongado o extenuante, que
supera la capacidad del organismo. En estos casos también
se pueden producir complicaciones graves, incluso en personas
normales. Es lo que a veces ocurre en individuos que intentan
superar su propio límite de esfuerzo, como se ha observado
en más de una ocasión, por ejemplo, en corredores de maratón.
En estos casos, la disminución del oxígeno en los tejidos
hace que éstos disminuyan su funcionamiento. Además, se producen
sustancias tóxicas derivadas del metabolismo anaerobio, las
cuales disminuyen la fuerza de contracción muscular, tanto
en el músculo esquelético como en el corazón. Incluso los
deportistas puede llegar a sufrir consecuencias negativas
si realizan estos esfuerzos superiores a su capacidad. En
estos casos se ha descrito un "síndrome de sobreentrenamiento
o fatiga crónica". Es obligatorio, pues, no intentar
superar el nivel máximo de ejercicio. Esto es también especialmente
importante en individuos sedentarios, los cuales tienen una
baja capacidad de esfuerzo, por lo que, si inician un deporte,
pueden fácilmente superar su capacidad máxima. En los pacientes
con enfermedad cardiovascular debe establecerse el límite
máximo de esfuerzo antes de comenzar la práctica del ejercicio
físico. El paciente debe saber que no puede superar ese límite,
pues es peligroso para su salud.
Otro componente importante a tener en
cuenta durante la práctica de ejercicio físico es el psicológico.
El ejercicio físico es más beneficioso y menos perjudicial
si produce sensación de placer. A las personas reacias a realizar
ejercicio físico debe convencérseles de la mejor forma posible,
pero no debe crearse la obligación, pues en tal caso el ejercicio
no suele realizarse convenientemente. Lo más frecuente es
que, cuando la persona se acostumbra a realizar el ejercicio
y lo incorpora a su vida habitual, termine amando el deporte
y disfrutando con él. Por otro lado, un factor a considerar
cuando se practica un deporte es si éste tiene un carácter
competitivo, ya que esto supone un componente psicológico
sobreañadido. La competición provoca estrés y favorece el
intento de realización de esfuerzos superiores a la capacidad
del individuo. Esto es especialmente importante en pacientes
con enfermedad cardiovascular, por lo que en ellos suele desaconsejarse
la práctica de deporte de competición. En todo caso, un cierto
componente competitivo puede permitirse, siempre y cuando
se tome con deportividad, no suponga un estrés al intentar
ganar, no se superen los esfuerzos previstos y, en conjunto,
suponga una mayor sensación placentera.
En los pacientes con enfermedad cardiovascular,
los riesgos del ejercicio físico son, lógicamente, mayores
que en las personas sanas. El esfuerzo puede provocar en ellos
falta de aire, dolor en el pecho, palpitaciones, mareo o pérdida
de conocimiento. En algunos casos, principalmente cuando no
se siguen estrictamente las recomendaciones, pueden producirse
complicaciones graves. Por ello, estos pacientes deben realizar
siempre un ejercicio físico ligero o moderado, precedido de
una fase de calentamiento y seguido de otra de enfriamiento.
Por otro lado, los riesgos del ejercicio aumentan si la enfermedad
cardiovascular se encuentra en un periodo de descompensación.
Por ello, se recomienda que este periodo pase totalmente y
el paciente esté completamente recuperado antes de iniciar
o volver a la práctica del ejercicio físico.
Precauciones en la práctica de ejercicio
físico.
Para intentar evitar al máximo los riesgos
del ejercicio físico, éste debe realizarse de forma programada,
tomando unas debidas precauciones. El ejercicio físico realizado
de forma apropiada es seguro y placentero. Los consejos para
prevenir los riesgos se pueden resumir en los siguientes puntos:
1. Antes de iniciar cualquier práctica
deportiva, es necesario valorar cuál es la situación física
de la que se parte. La persona debe saber si su condición
física le permite realizar un determinado tipo de ejercicio.
En general, un individuo joven que no padece ninguna enfermedad
puede comenzar a practicar un deporte sin necesidad de una
revisión médica. En todo caso, lo habitual es que se empiecen
los deportes durante la infancia, fase en la que los niños
suelen ser sometidos a valoraciones médicas escolares. Dada
la mayor probabilidad de enfermedad cardiovascular oculta
en personas de edad superior a los 45 años, se recomienda
que éstas sean sometidas a una valoración médica general
antes de iniciar la práctica deportiva. Indudablemente,
la revisión médica, e incluso cardiológica, es obligatoria
si la persona en cuestión, independientemente de su edad,
siente algún síntoma, tiene importantes factores de riesgo
cardiovascular o está diagnosticada de alguna enfermedad.
2. En las personas en las que se cree
necesaria la valoración médica, deberá indagarse sobre sus
antecedentes familiares y personales, además de sobre los
posibles síntomas que padezca o haya presentado en algún
momento. El médico realizará una exploración física general,
buscando, sobre todo, signos de una eventual enfermedad
cardiovascular. Habitualmente, se indicará un análisis de
sangre, un electrocardiograma y una radiografía de tórax.
En algunas personas seleccionadas y en pacientes con cardiopatía
conocida, puede ser necesaria la realización de un estudio
cardiológico más completo.
3. Los pacientes con enfermedad cardiovascular
deben ser sometidos a una cuidadosa valoración cardiológica,
en la que se medirá de forma aproximada su capacidad física.
Habitualmente se requiere la realización de una prueba de
esfuerzo, en la que se verá el grado de limitación funcional.
Partiendo de este límite, podrán programarse determinados
ejercicios adaptados a la condición física del paciente.
4. En algunos casos de enfermedad cardiaca
puede estar contraindicada la realización de ejercicio físico,
por lo que el cardiólogo deberá diagnosticar el cuadro y
hacer las recomendaciones pertinentes al paciente. Las cardiopatías
graves y cualquier enfermedad en fase aguda contraindican
el ejercicio hasta que no se resuelva la situación si es
posible. Para algunas cardiopatías, como las miocardiopatías,
sobre todo la hipertrófica, el ejercicio físico supone un
riesgo importante, por lo que está contraindicado. En todo
caso, si el paciente no se encuentra en una fase inestable,
puede permitirse el paseo a ritmo normal.
5. A la hora de elegir el tipo de deporte,
es necesario conocer los beneficios y riesgos de cada uno
de ellos. El individuo debe seleccionar aquellos ejercicios
que más se adapten a su condición física. En general, son
más recomendables los ejercicios dinámicos, como correr,
nadar, remar o montar en bicicleta. A los pacientes con
enfermedad cardiovascular sólo se les recomienda este tipo
de ejercicio, y a una intensidad acorde a su capacidad física,
según la situación de su enfermedad. En todo caso, estos
pacientes deberán realizar siempre un ejercicio ligero y
que no les provoque fatiga.
6. Una vez que ya está decidida la
realización del ejercicio físico, éste deberá realizarse
de forma programada y en las mejores condiciones posibles.
En primer lugar, es necesario valorar las condiciones ambientales
y vestirse de forma adecuada a la situación. Debe evitarse
el excesivo frío o calor. Si hace frío, deben utilizarse
prendas de abrigo. Sin embargo, no se recomienda forzar
la sudoración con vestimentas para tal fin (en un intento
de perder peso), pues puede ser peligroso, sobre todo en
pacientes con alguna enfermedad cardiovascular. Debe utilizarse
ropa y calzado cómodos. Por otro lado, la alimentación e
hidratación deben ser las adecuadas. No es aconsejable realizar
esfuerzos inmediatamente tras las comidas; debe esperarse,
por lo menos, de media a una hora. Tampoco debe realizarse
el ejercicio si se tiene hambre; la comida previa debe ser
ligera pero suficiente. El deportista debe hidratarse convenientemente
antes, durante y después del ejercicio. Habitualmente basta
con tomar agua para tal fin, aunque las bebidas isotónicas
pueden ser útiles al compensar la pérdida de minerales.
7. El ejercicio físico debe iniciarse
siempre de forma ligera e irse incrementando progresivamente.
Por un lado, las sesiones iniciales serán de baja intensidad
y se irán potenciando lentamente hasta llegar al nivel deseado;
a partir de entonces se mantendrá la misma intensidad del
ejercicio de forma indefinida. Debe evitarse el ejercicio
extenuante o que provoque agotamiento intenso. Por otro
lado, cada sesión debe comenzar con un calentamiento (el
cual permite adaptar el organismo de forma progresiva al
ejercicio), continuarse con el ejercicio propiamente dicho
y terminar con una fase de enfriamiento. Durante el calentamiento
se realizarán ejercicios ligeros que se irán incrementando
hasta el nivel de esfuerzo al que se pretende llegar. Durante
el enfriamiento se hará al contrario, disminuyendo lentamente
la intensidad del ejercicio hasta llegar al descanso. En
general, se recomienda que las fases de calentamiento y
enfriamiento duren unos 10 minutos y la de ejercicio unos
30 minutos. La frecuencia mínima aconsejable es de 3 sesiones
de media hora a la semana, pero es preferible llegar a los
45-60 minutos casi todos o todos los días de la semana,
siempre que no existan contraindicaciones por la presencia
de alguna enfermedad. Tras cada sesión debe dejarse un tiempo
de relajación y no deben utilizarse duchas muy calientes
o muy frías. Si se produce algún síntoma, debe consultarse
a un médico antes de continuar con la práctica deportiva.
8. El nivel del esfuerzo a realizar
en un paciente con enfermedad cardiovascular puede conocerse
determinando el momento en el que aparece una mínima sensación
de fatiga o falta de aire; se recomienda mantener siempre
el ejercicio por debajo de ese nivel. Sin embargo, la forma
recomendada para calcular la intensidad del ejercicio a
realizar suele basarse en la frecuencia cardiaca. Este método
es útil en cualquier persona y permite adecuar el ejercicio
al grado de entrenamiento previo. Se aconseja que el límite
del ejercicio esté cuando se alcanza el 75% de la frecuencia
máxima teórica. Para calcular esta frecuencia máxima se
debe restar la edad en años del individuo a 220. En una
persona de 50 años, la frecuencia máxima será de 170 latidos
por minuto; el 75% de ésta es de 127 latidos por minuto,
que será la frecuencia que limite la intensidad del esfuerzo
realizado en cada momento.
|