| |
Definición.
La presión o tensión arterial es la fuerza
que la sangre ejerce sobre la pared de las arterias. Esta
presión no es constante en el tiempo sino que varía con los
ciclos cardiacos. Cuando el corazón se contrae (sístole),
expulsa la sangre hacia la aorta y la presión arterial sube
hasta un máximo (presión arterial sistólica). Cuando el corazón
se relaja (diástole), la presión arterial desciende hasta
un mínimo (presión arterial diastólica). Además, la presión
arterial también varía a lo largo de las 24 horas del día,
generalmente relacionándose con las horas de vigilia y sueño.
Suele ser más alta al despertar y posteriormente disminuye
hasta llegar a un mínimo durante las primeras horas de sueño.
Por otro lado, la presión arterial también varía con la edad
de la persona, siendo menor en los niños y más alta en los
adultos, sobre todo en los ancianos.
Se considera que la tensión arterial
es normal cuando está por debajo de 140 mm Hg de sistólica
y 90 mm Hg de diastólica en un adulto. Antiguamente se consideraba
normal que la presión arterial se elevara por encima de estos
valores en las personas mayores. Con frecuencia se informaba
como normal una presión arterial sistólica de 160-170 mm Hg
en un paciente de más de 60 años. Diferentes estudios han
demostrado que estas personas tienen un riesgo mayor de padecer
complicaciones cardiovasculares que los que tienen una tensión
arterial sistólica menor. Por ello, actualmente, sin considerar
la edad del paciente, la tensión arterial sistólica mayor
a 140 mm Hg debe informarse como elevada. Por otro lado, la
presión arterial en el niño es más difícil de definir, ya
que varía significativamente con la edad y el sexo. Por ello,
las sociedades de hipertensión han dado unas tablas con los
diferentes valores normales de tensión arterial en el niño.
Como norma general, la presión arterial durante el primer
año de vida debe ser inferior a 105/70 mm Hg y en niños menores
de 12 años debe ser inferior a 120/80 mm Hg.
En conclusión, se considera hipertensión
arterial a una presión arterial superior a 140/90 mm Hg en
un adulto. Sin embargo, se ha observado que cuando el individuo
tiene otros factores de riesgo cardiovascular o padece ya
arteriosclerosis, el riesgo de complicaciones cardiovasculares
es todavía alto con estos valores de tensión arterial, por
lo que en estas personas debe considerarse que existe hipertensión
cuando la presión arterial es superior a 130/85 mm Hg. Un
niño menor de 1 año se considera hipertenso cuando tiene una
tensión arterial superior a 105/70 mm Hg y en los niños de
1 a 12 años cuando es superior a 120/80 mm Hg.
Causas.
La causa de la hipertensión arterial
es desconocida en la mayoría de los casos (de un 90% a un
95%), denominándose entonces "hipertensión primaria o
esencial". Se sabe, sin embargo, que existen diferentes
factores que predisponen al desarrollo de hipertensión. Entre
estos factores tenemos: los antecedentes familiares, la dieta
rica en sal, el sedentarismo, la obesidad, el estrés y la
ansiedad. En muchos pacientes con hipertensión esencial es
posible demostrar pequeñas alteraciones de la regulación neurohormonal,
que podrían ser las responsables del aumento de la presión
arterial. En un 5% de los casos la hipertensión es secundaria
a otra patología. Las causas de hipertensión más frecuentes
son: las enfermedades renales, los trastornos hormonales,
la ingesta excesiva de alcohol, los anticonceptivos orales
y otros medicamentos y el abuso de ciertas drogas como la
cocaína.
Manifestaciones.
La hipertensión arterial no produce síntomas
en la mayoría de los casos. Habitualmente produce daño en
la pared de las arterias de forma silenciosa. Algunos pacientes
refieren cefalea, mareo y/o decaimiento. Con el tiempo se
puede producir deterioro mental y disfunción sexual. Cuando
la hipertensión produce lesión en la pared arterial, pueden
aparecer síntomas derivados de estas lesiones. La hipertensión
produce daño en diferentes órganos, principalmente en el corazón,
cerebro, riñón y retina. Así, los pacientes pueden presentar
manifestaciones cardiacas (insuficiencia cardiaca, angina
de pecho e infarto de miocardio), neurológicas (trombosis
y hemorragia cerebral), renales (insuficiencia renal) u oculares
(pérdida de la agudeza visual). Esto hace que los hipertensos
no controlados tengan una esperanza y calidad de vida menores
que las personas sanas. Se cree que la hipertensión es la
causa o contribuye a un 75% de los accidentes cerebrovasculares
y cardiacos, y es la causa de hasta un 30% de los casos de
insuficiencia renal.
Diagnóstico.
El diagnóstico de la hipertensión arterial
debe hacerlo siempre un médico. Una determinación aislada
de presión arterial alta no debe considerarse hipertensión.
Se requieren, al menos, tres determinaciones de presión alta
separadas en días distintos para considerar que una persona
es hipertensa. La presión debe ser medida en reposo y en situación
de tranquilidad, ya que el esfuerzo y el nerviosismo la aumentan.
En ocasiones, la presión arterial se eleva en ciertas personas
por la situación de estrés que les produce la presencia del
médico (es lo que se ha denominado "hipertensión de bata
blanca"). En tales casos, el médico podrá recomendar
que la tensión sea medida por una enfermera o, incluso, por
un familiar en el propio domicilio del paciente. Junto al
registro de la tensión arterial, el médico hará una historia
clínica y una exploración física, lo que le permitirá, además
de confirmar el diagnóstico de hipertensión arterial, hacer
una orientación inicial sobre su posible causa y eventuales
lesiones de órganos.
Una vez confirmado el diagnóstico de
hipertensión arterial, el médico podrá solicitar algunas pruebas,
como análisis de sangre y orina, electrocardiograma y radiografía
de tórax. En los casos en los que se sospeche una hipertensión
secundaria, el médico podrá indicar la realización de pruebas
más específicas, como son los análisis de hormonas, una ecografía
renal y otros estudios analíticos y radiológicos. Si se piensa
que existen lesiones de órganos derivadas de la hipertensión,
pueden requerirse estudios del corazón, cerebro, riñón y ojos.
Una vez completada la valoración, el médico indicará el tratamiento
que considere más adecuado según los casos. Posteriormente,
el paciente deberá seguir controles periódicos. Algunos expertos
recomiendan que el paciente hipertenso posea un aparato para
la medición de la presión arterial, para que pueda medírsela
en casa. De todas formas, el paciente deberá acudir al médico
cada cierto tiempo. Inicialmente las revisiones se harán más
a menudo, hasta que la presión arterial se normalice. Posteriormente
se irán espaciando y, si no hay complicaciones importantes,
el paciente podrá seguir revisiones médicas una vez al año.
Los adultos con tensión arterial normal deberán medirse la
tensión cada dos años. Si la presión se encuentra en los límites
superiores de los valores considerados normales, los controles
deberán hacerse, por lo menos, una vez al año.
Tratamiento.
El tratamiento de la hipertensión arterial
debe ser siempre indicado y controlado por un médico. El médico
conoce las mejores recomendaciones para el control de la tensión
arterial y los medicamentos indicados en cada caso. Independientemente,
sin embargo, pueden darse algunos consejos generales. La primera
medida que debe tomar un paciente hipertenso es seguir una
dieta pobre en sal, con la cual se consigue la normalización
de la tensión arterial en algunos casos. Además, se le aconseja
que adquiera hábitos dietéticos cardiosaludables y se alimente
a base de frutas, verduras, aceite de oliva y pescado. Si
es obeso, debe perder peso, ya que la obesidad favorece la
hipertensión y dificulta su control. Asimismo, el consumo
excesivo de bebidas alcohólicas también produce hipertensión,
por lo que debe evitarse y, en todo caso, no se recomienda
sobrepasar un vaso de vino o una cerveza al día. También es
recomendable controlar estrictamente los otros factores de
riesgo, para así disminuir la probabilidad de desarrollar
arteriosclerosis. Por ello, es importante reducir el colesterol,
abandonar el tabaco y evitar el estrés. La práctica de ejercicio
físico regularmente ayuda al control de la tensión arterial,
además de que contribuye a evitar la obesidad y disminuir
el colesterol.
Junto a las medidas comentadas,
muchos pacientes hipertensos requieren un fármaco antihipertensivo
para conseguir el control de la tensión arterial. Existen
varios grupos de medicamentos antihipertensivos y todos son
igual de efectivos. Por ello, el médico decidirá el más idóneo
según las características del paciente, atendiendo, principalmente,
a su edad y a la existencia de otras enfermedades. Generalmente,
se comienza el tratamiento con un fármaco, aunque pueden ser
dos si la hipertensión es severa. Al principio se requerirán
controles de la tensión arterial cada pocos días, para observar
la respuesta al tratamiento. Si no se consigue la normalización
de la tensión arterial con un medicamento, el médico lo cambiará
o añadirá otro. A veces hay que hacer múltiples pruebas con
diferentes antihipertensivos y en ocasiones la hipertensión
es difícil de controlar, por lo que en estos casos hay que
ser paciente y esperar el tiempo que sea necesario. Una vez
conseguida la normalización de la tensión arterial, el tratamiento
que ha sido efectivo debe seguirse tomando diariamente, pues
si se abandona la hipertensión reaparecerá. Habitualmente
este tratamiento debe tomarse durante toda la vida, excepto
en raros casos en los que la tensión arterial vuelve a normalizarse
tras la elevación inicial. De todas formas, la decisión de
dejar el tratamiento debe ser siempre indicada por un médico.
A veces los fármacos producen efectos secundarios que, si
son ligeros, es preferible soportar a cambio de un correcto
control de la tensión arterial, ya que esto supone un gran
beneficio. La personas en las que la tensión arterial se normaliza
de forma mantenida pueden vivir igual en calidad y cantidad
que una persona no hipertensa.
|
|